Sal y pimienta.

La vida es dura pero es más dura la verdura. Así inicia este pequeño relato de un mes de trabajo en un restaurante y cevicheria peruana; entre cuchillos, sartenes, ollas, verduras y demás cosas que una cocina puede albergar. Luego de pasar varios días buscando trabajo y de haber repartido algunos currículos por restaurantes con la finalidad de conseguir un trabajo de azafata o algo parecido, finalmente surgió la oportunidad de laborar en uno. Sal y pimienta era su nombre, ofrecían la vacante de ayudante de cocina, trabajo pesado pero cargado de oportunidades de aprendizaje en la gastronomía peruana.En mi vida nunca pensé trabajar en algo relacionado con la cocina ya que ni en casa me había tomado la molestia de pelar tan siquiera una papa, mi vida ya era otra, había cambiado 180 grados y debía aceptar la oportunidad que se presentaba, sin experiencia y sin mucho agrado emprendí este nuevo reto que la vida me mostraba.

El trabajo en una cocina es estresante de por sí, y al encontrarme trabajando en una cocina peruana era aún más caótica, ya que el peruano “come, luego existe”. La cocina peruana es una de la más ricas y diversa del mundo por su variabilidad y exotismo. Mi vida y mis estudios ya no contaban, me veía trabajando pelando papas, yuca y cuanta cosa se necesitaba, la adaptación fue difícil sobre todo con la diferencia de nombres que llamaban a algunas frutas y verduras, legumbres y tubérculos; un ejemplo de ello era de cilantro a culantro, de parchita a maracuyá, de aguacate a palta, de cebollín a cebolla china; y ni hablar de los diferentes tipos de papas que existían y de la función de cada una en los diferentes platos que ofrecía el restaurante; era un proceso de aculturación necesaria para la adaptación. El restaurante ofrecía platos típicos; entre ellos el ceviche, la leche de tigre, arroz con pato, mariscos, entre muchos más, toda la comida era exquisita, la carta era variable. Un ayudante de cocina tiene la función de mantenerse al tanto de la orden de servicio, de preparar el plato que corresponda a cada comida, de decorarlo y de apoyar al cocinero principal en lo que necesite, debe lavar platos y ollas incluso más grandes que sí mismo además de sartenes que parecieran que se reprodujeran cada milímetro de segundo. El ritmo de trabajo es rápido, contra el
reloj y bajo presión. El trato en la cocina era agradable, afortunadamente la gente con la que trabajaba tenía mucha paciencia y podía enseñarme con consideración, el detalle de todo era el pago; el señor que  empleaba no era puntual con su cancelación y eso desanimaba, abusaba del trabajo y de la disponibilidad del trabajador extranjero que laboraba en su negocio. Emocionalmente no me sentía bien en dicho lugar, pensaba cada día en llegar al trabajo, a pesar de que estaba aprendiendo de cocina no me agradaba, odiaba limpiar mariscos aparte que el olor quedaba impregnado en mi ropa y al llegar a la habitación el mismo aún persistía, no estaba cómoda en ningún sentido. Intentaba darle a mi vida sazón con lo que me ofrecía y estaba a mi alcance, pero no lograba conseguirlo. Duré un mes en dicho trabajo y en ningún momento recibí el pago completo de la semana, abusaban de los horarios y no había recompensa. Las cosas no iban tan bien. La vida seguía siendo dura pero no tan dura como la cantidad de verduras que podía haber a diario en la cocina.

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