Carta a Irlanda.

Querida Irlanda, fuiste mi única salida de escape, con los ojos cerrados creí que al llegar a ti todo cambiaría, nunca imagine que te plasmarías en mi alma como  un tatuaje. Descubrí que eras fresca, seductora, natural, moderna y antigua al mismo tiempo. Llegaste a ser tan cercana que sentí que te conocía desde toda la vida. Al principio estuve perdida y lo primero que me mostraste fue tu ayuda. El primer encuentro contigo fue tan amable que aprendí a dejar la desconfianza a un lado, me enseñaste a mirar a los ojos, gracias a ti volví a confiar, como no hacerlo si eres tan transparente.

Comencé conociéndote en Dublín, pero enseguida quise saber más de ti, moverme en cada uno de tus rincones, perderme en tus calles no era suficiente, quería comprender tu historia, es que estas tan llena de experiencias que solo deseaba dejarme guiar en mi viaje por ti, quise estar contigo en cada hora, cada momento y cada lugar de ti mi querida Irlanda.

Poco a poco me fui enamorando de tanto verdor, hermosos paisajes, los buses de dos pisos, calles y bancas llenas de nieve, castillos y ovejas. Me gustó el perfume de tus lluvias y calles mojadas. Amada Irlanda me envolviste con tus melodías, aunque tu icono mundial es La Guinness, la cerveza, me atrapó tu arpa, tus gaitas, la silueta de tus paisajes y tu gente. Siempre me sedujo la música irlandesa, escucharla en Temple Bar era convertirme en bailarina, solo quería saltar y dar vueltas sin parar con tan hermosa melodía. Los irlandeses dicen: “Todo irlandés toma te y sabe tocar algún instrumento”, pues está en ellos ser tan musicales. Lo pude comprobar, son muy buenos en su arte. No fue necesario buscar mucho para ver tu esencia, muestras tu alma por donde quiera, sobreviviste a tanto y eso te hizo abrazar la vida y bailar con ella. Atrapaste mi atención, quería tomarte fotos, es que siempre estabas perfecta y lista, como no ser la inspiración para tantas novelas, es difícil no perderse en tantas historias y leyendas que cautivan la imaginación.

Dublin te sentí tan cercana que te volviste familiar, me enamoré de tu historia que te convirtió en lo que te conocí, eres recordada como una fortaleza vikinga, lista para la pelea, fría y rígida. Quise visitar muchos lugares, aunque no me resistía a la idea de regresar a descansar con un te negro y despertarme con un desayuno irlandés. Es que hasta los más rebeldes te han hecho su hogar, a quien no se le ablanda el corazón con tu seductora naturalidad.

Llegué sin expectativas, pero mi encuentro contigo fue distinto, eres de lo más amorosa y amable. Te puedo describir como rebelde, ancestral y con un corazón abierto dispuesto a abrazar. Me diste los regalos más significativos que marcaron mi memoria, me devolviste tanto que recordé la esencia que creí perdida. Me mostraste lo mágico y místico de la vida, que a pesar de nuestras historias podemos crear algo distinto.

Despedirme de ti fue fácil, me hiciste  sentir segura, y con tu amor me dijiste adioa! sabias que solo era un hasta luego, porque siempre tendrás un lugar predilecto en mi corazón y mis recuerdos querida Irlanda.

 

 

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