El pacifico, Rosarito. Baja California.

Dejamos atrás el muro y la frontera, hasta en la playa dentro del agua se pueden ver las barreras que nos separan unos de otros, es difícil pensar que dentro del mar existan límites pero sí, el hombre los ha creado. A pesar de esto, los muros se desvanecen rápidamente con la amabilidad, respeto y buena onda de los mexicanos. Su comida compuesta de sabores tan caseros que parecen gourmet en cada puesto de tacos. Ahora solo está el camino, un paisaje especial. Uno de mis paseos favoritos es andar en carro por la orilla de la playa. Observamos de un lado la costa, una vista extraordinaria que nunca pasa de moda, del otro lado se comienzan a ver alfombras moradas y amarillas, unas flores pequeñas que crecen como grama.

En pocos minutos llegamos a Puerto Nuevo, vamos a comer, el lugar es famoso por sus langostas, por lo tanto disfrutaremos de tal manjar. Puerto Nuevo contiene calles angostas con muchos restaurantes, por los momentos escogimos el de la esquina que con una terraza amplia nos reveló una vista panorámica de todo el lugar, la brisa fría del pacifico rodea e invade todo el cuerpo, sensación inolvidable.

Antes de ordenar nos llevaron a la mesa unos totopos como entrada con una variedad de salsas de diferentes chiles, solo valientes se animan a probarlas todas, es el inicio de toda comida mexicana, yo lo llamaría un ritual para entrar en calor. Comenzó nuestro almuerzo acompañado de una cerveza con clamato (jugo de tomate), limón y Tajín, para algunos sabe a sopa fría, a mí la verdad me gustó. El momento estelar llegó, las langostas al estilo Puerto Nuevo, que quiere decir medio abiertas y fritas. Se arman los tacos con las tortillas, las langostas, granos molidos, mantequilla derretida, un picadillo de tomate con cebolla y por supuesto chile, sientes una explosión de sabores y sensaciones en tu boca, nunca creí que los granos molidos combinaran tan bien con la langosta; es cremoso, dulce salado, picante y ácido en un solo bocado.

Quedamos relajados entre la comida y la brisa, solo los ánimos de seguir conociendo es lo que nos hace pararnos de la mesa. Seguiremos en carro hasta Rosarito, una playa en la que las personas van a pasar un rato divertido, el agua es tan fría que nadie se anima a echarse un chapuzón.

Paramos antes de la montaña, ahí se puede ver la playa de otra óptica, desde arriba, entre las nubes, un paseo muy peculiar que nos recomendaron y estando allá no lo dejaríamos pasar. Otra  manera de descubrir y explorar la costa es un paseo en aeroplano, recorrido de unos 5 minutos que recordarás siempre, la verdad da un poco de miedo, pero sentir que estas volando es una experiencia que no tiene precio.

Con los nervios de punta solo puedo gritar para liberar, el frío y vacío en mi estómago está presente, cerré los ojos cuando despegamos, una vez en el aire los abrí enseguida y disfruté de la hermosa vista, las casas frente al mar, las olas rompen en la orilla y los carros en la carretera andan, ahora puedo gozar de todo el paisaje sin perderme nada. Hace mucho frío pero con tanto entretenimiento es soportable, después de una curva ya se termina el recorrido, me despido de tan grande aventura, volar por la orilla de la playa, otra vez el frío y el vacío en el estómago al sentir el aterrizaje, no es tan duro, descubrí que son más pesados los miedos.

 

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