El malecon y las palmeras despeinadas de Chichiriviche

Después de tanto regateo, dejamos la ciudad atrás, los carros, las casas, las bicis, y subimos a la lancha. Solo se escucha el sonido del motor, enseguida se siente la brisa pegajosa pero ligera de la costa, el olor a sal, el sol fijando directo a la cara y las gotas frías de agua salada que poco a poco te van empapando. En ese momento, al ver el mar a mí alrededor me envuelve una sensación de libertad.

Desde el muelle de Chichiriviche, ciudad de la costa oriental del Estado Falcón, son unos 20 minutos hasta llegar a Sombrero, un islote del Parque Nacional Morrocoy de arena blanca y agua transparente, rodeado de palmeras y sombrillas, lleno de gente entusiasta como nosotros. Apenas pisamos la arena se acercan los vendedores y como especie de subasta comienzan las ofertas, se escuchan cosas como: ceviche, masajes, vuelve a la vida y cocadas; por ahora solo pensamos en correr y saltar al agua.

Salimos del agua por un ceviche, un pescado marinado con limón, cebolla y pimentón adornado con aguacate y de postre unas ostras bien sabrosas.

Llegaron por nosotros, es hora de seguir. Después de varios minutos la lancha se detiene, bajo nosotros están  las estrellas, una parada rápida por unas fotos con las estrellas de mar. Seguimos nuestro camino, entre islas y manglares llegamos a Bajo Caimán, una piscina natural, alrededor solo se ve agua y las lanchas de los otros visitantes. Por supuesto no puede faltar un chapuzón en el lugar. Me siento tan afortunada de conocer un paisaje tan único y especial.

Entre ese va y ven de las olas que te arrastra y devuelve lentamente pienso: ¿Será que el mar es tan atractivo porque da la sensación que se lleva todas las cargas y te deja con menos peso, o porque creemos ahogar nuestras penas en él?

El tiempo se me pasa muy rápido, ya es hora de continuar. Se escucha música a todo volumen, por fin Los Juanes, uno de los destinos más conocido y visitado por los venezolanos hoy día. Se ven los yates anclados con grandes bailarinas con sus movimientos de caderas, siempre preparadas para los rayos de sol y las fotos que son toda una atracción. Me detengo a mirar los fogones flotantes, los vendedores de todo tipo de comida en lanchas, en el menú hay desde parrilla hasta pescado frito. No me resisto y pido una paella, arroz bien sazonado con camarones, su olor impregna todo a su alrededor, acompañada de salpicón de mariscos, su salsa entre ácido y dulce no puede faltar, y como bebida una piña colada.

Son las 5 de la tarde y es momento de regresar a tierra firme, a lo lejos se ve el malecón y sus palmeras despeinadas. Chichiriviche es una cuidad desnuda que muestra a todos su paso por tiempo, nos dice silenciosamente que al estar libre y sin retoques la vida sigue siendo amable, así como la preparación de un buen pescado que solo necesita limón y sal para que quede perfecto. Volteo la mirada antes de bajar, se ven las gaviotas volando, se escucha el sonido del mar… el sonido de la libertad.

 

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